Los grandes destinos turísticos siempre tienen razón. Incluso los más trillados, los que al viajero exquisito le parecen pasto de tours operators o recién casados: la góndola en Venecia, el mirador de la torre Eiffel, el blanco pastel fúnebre del Taj Mahal, las cataratas del Niágara (sin escudarse en el mito de Marilyn Monroe). Son deberes que hay que cumplir, y cuanto antes lo haga usted, lector reacio, menos dinero le costará y menor será su esfuerzo -si hablamos estadísticamente- para abrirse paso a codazos entre la multitud. Nápoles no parece un sitio muy elegido por los españoles, que de Italia prefieren la Toscana, el paquete de una Venecia superficial y apretada, y, naturalmente, Roma, la ciudad que no se puede nunca terminar de ver. Lo que se pierden. Nápoles ofrece, a sólo cuatro horas de avión, un combinado único, intoxicante: el abigarramiento del Extremo Oriente y el refinamiento cortés de los Borbones: nuestros Borbones. Ningún lugar extranjero de Europa, ni siquiera Palermo, mantiene tantas huellas visibles de una ocupación política encarnada en residuos gestuales y atavismos fisonómicos.
Lo más bello, sin embargo, que España ha dejado en Nápoles es prácticamente valenciano y muy anterior al periodo de gobernación borbónica: el arco triunfal de acceso al Castel Nuovo, una filigrana renacentista entre los dos recios torreones (por algo el castillo lleva también el nombre de Maschio Angioino o fortaleza de los Anjou, que es tentador traducir literalmente: "macho angevino"). En el arco de triunfo destaca el hermosísimo relieve en alabastro donde se describe la entrada en la ciudad, en 1442, del monarca Alfonso el Magnánimo.


El Castillo del Huevo

Ese Maschio Angioino, situado junto al puerto marítimo, es el más imponente de los cuatro grandes castillos de Nápoles, si bien el reconvertido (domesticado sería la palabra) Castel Capuano puede pasar inadvertido en su nada marcial emplazamiento entre casas y comercios del barrio de la estación central. Los otros dos, el Castel Sant'Elmo, y el Castell dell'Ovo o Huevo, nombre debido a una improbable leyenda del poeta Virgilio, también tienen rasgos españoles, sobre todo el segundo, una construcción normanda muy alterada por los aragoneses en el siglo XVI y cuya lineal geometría se alza en el espolón del puerto de recreo (allí se encuentran los agradables restaurantes de pescado del Borgo Marinaio y, enfrente, los grandes hoteles de lujo, con el mítico Excelsior en el lugar más destacado).
Al de Sant'Elmo se sube no tanto por sus piedras y mazmorras, que poco ofrecen al visitante, como por la vecina cartuja de San Martino, un estupendo itinerario entre claustros, pinacoteca, iglesia (sólo la Pietà y los 12 apóstoles de Ribera merecen la pena) y museo, donde está la más apabullante colección de belenes napolitanos del mundo. Lo que sí proporcionan los baluartes del Castel Sant'Elmo es la bonificación incomparable de sus vistas sobre Nápoles, la bahía y, si la bruma lo permite, la silueta en apariencia modosa del Vesubio, ese volcán latentemente gruñón. Un panorama inolvidable y completo, complementado por el que brinda al noreste de la ciudad el también elevado parque de Capodimonte y su palacio real, construido como suntuoso refugio de caza por nuestro Carlos III; el palacio alberga hoy un museo obligatorio, en el que la extraordinaria colección de pintura italiana legada al rey Carlos por su madre Isabel de Farnesio tiene importantes añadidos de arte del siglo XIX y, en un ático de moderna construcción, una curiosa selección de artistas de las vanguardias últimas del siglo XX.


Sabrosísimas calles

En Nápoles, como en Lisboa o San Francisco, todo el tiempo se está subiendo y bajando cuestas, si se quiere con ayuda de los funiculares urbanos, que son bastante arcaicos de maquinaria aunque robustos. Lo que ha de hacerse a pie (siempre que se desoigan los avisos sobre el peligro de carteristas y atracadores) es el barrio de los Españoles, un sacromonte de sabrosísimas calles empinadas a la izquierda de la principal arteria comercial de la ciudad, la Via Toledo. Yo lo recorrí, con un amigo no especialmente fornido, de día y también de noche, y el único percance fue la salpicadura de la colada, que los habitantes del quartiere cuelgan de parte a parte de sus altas y descascarilladas viviendas. También llama la atención, en la propia Via Toledo y aledaños, la permanente arrogancia de los edificios fascistas (bancos, instituciones, Correos), luciendo en sus bonitas fachadas el pomposo calendario mussoliniano.

Pero aún no hemos dicho por qué esta zona pertenece a los destinos tópicos y por ello inevitables. Muchos viajeros que se asustan de su fama de inseguridad o se agobian ante la idea de lo que Pla llamó malignamente "estilo de peluquería" de la profusa ornamentación religiosa de las iglesias napolitanas ("que parecen hechas por un barbero escultor y místico"), muchos de esos viajeros, sin embargo, sienten el deseo de comprobar que la preciosa postal de Capri no miente, o ver con sus propios ojos lo que la lava preservó milagrosamente en las ciudades romanas al pie del Vesubio. Pues bien, por mucho que a mí me guste seguir el dédalo barroco y rococó de las iglesias peluqueriles, llenas de sobresaltos macabros (la capilla Sansevero) y pintura de altísima calidad (el Caravaggio del Pio Monte della Misericordia quita, literalmente, el aliento por su composición volada y estrujada), el lugar común de las islas de la bahía y las ciudades sepultadas es justamente irresistible. Capri al natural resulta más hermosa que su fotografía, el azul de las aguas de la gruta Azul vale el precio de entrada y la tabarra de los barqueros, el licor limoncello autóctono sabe mucho mejor que el exportado, y además están cerca la pequeña Procida y la mayor de las tres islas, Ischia, al menos literariamente superior a Capri, pues allí estableció su corte de visitantes célebres y favoritos locales W. H. Auden, hasta que un escándalo erótico-financiero le hizo huir en 1957. El mayor poeta en lengua inglesa del siglo XX puso en verso primero su amor por Ischia, donde "los manantiales bullentes" de sus laderas "hacen flexibles las articulaciones rígidas por la gota / y mejoran el acto venéreo", mostrando luego en la amarga despedida un cierto encono hacia unos pueblos "abarrotados de carne humana" donde las "almas se sienten inmunes / a cualquier amenaza metafísica".


La villa de los Misterios

También hay que sufrir el sol y la rivalidad mirona de los grupos turísticos capitaneados por guías de paraguas de colores en Pompeya (y en Herculano, que algunos estetas prefieren a su vecina ciudad). La sensación de vida real suspendida por la erupción es palpable (aunque no sepamos a ciencia cierta cuánto hay de verdad y cuánto de teatralidad), y la visita ofrece en cualquier caso el punto álgido de las asombrosas pinturas murales de la Villa dei Misteri, subidas de tono dionisiaco, y subidas, sobre todo, de color.

Ahora bien, lo mejor de Pompeya no está en Pompeya. Sus fantasías eróticas, sus singulares utensilios domésticos, sus paredes y suelos, incluso el sueño eterno de sus cadáveres petrificados por la lava se encuentran en Nápoles, en uno de los más apasionantes museos de Italia, el Museo Arqueológico Nacional.

En los sótanos está la estupenda colección de arte funerario egipcio, y piso a piso, hasta llegar al segundo, los tesoros son inagotables. La escultura romana y griega ocupa la planta baja, donde destacan los conjuntos del Toro Farnese y Los tiranicidas, y una encantadora estatua del efebo Antinoo, también parte de la colección papal farnesina, rica, como es natural, en figuras eróticas y de desnudo. En el entresuelo está quizá lo más refinado del museo: sus famosos mosaicos de animales, bodegones y actores ambulantes, provenientes de Pompeya, y el Gabinete Secreto, donde la pornografía (primordialmente fálica) alcanza una relevante altura formal. Impresionante, en el primer piso, la reconstrucción de las casas y habitantes sepultados que ocupan el Gran Salón de la Meridiana (el museo está en un enorme palacio dieciochesco, originalmente sede de la Universidad de Nápoles), aunque no faltan tampoco, ocupando también el segundo y último piso, magníficas maquetas, pinturas y los extraordinarios bronces negros de la romana villa de los Papiros, dotados de un dramatismo melancólico y elegante.


GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos
Población: 1.050.000 habitantes. Prefijo teléfónico: Nápoles y Capri, 00 39 081; Ravello, 00 39 089.

Cómo ir
- Alitalia (902 100 323; www.alitalia.es). Vuelos entre Madrid o Barcelona y Nápoles, vía Milán o Roma, desde 229 euros, más tasas. Hasta el 23 de diciembre, y reservando con un mes de antelación, vuelos de ida y vuelta a Roma por 99 euros desde Barcelona y 149 euros desde Madrid, siempre más tasas.

- Iberia (902 400 500; www.iberia.com). Hasta finales de agosto, vuelos de ida y vuelta a Roma, desde 142 euros, más tasas.

- Los aliscafi y traghetti de Caremar, SNAV y NLG enlazan Capri y el puerto de Nápoles. La terminal está frente a Castel Nuovo, y los billetes valen desde 5,50 euros por trayecto y pasajero.

Viajes organizados
Iberojet (en agencias) organiza circuitos de ocho días repartidos entre Roma, Sorrento y Capri, con vuelos, siete noches de hotel, media pensión y excursiones a Nápoles y Pompeya, desde 1.125 euros. Para salir el 31 de agosto, Cóndor Vacaciones (en agencias) ofrece un viaje de nueve días (ocho noches) a Roma, Venecia y Florencia, desde 1.025 euros (con vuelos, pensión completa y excursiones a Nápoles, Pompeya y Capri). Catai (en agencias) propone una escapada de cinco días (cuatro noches), con vuelos, alojamiento y coche de alquiler, desde 665 euros.

Dormir
Central de reservas de hoteles de Nápoles y sus alrededores: 00 39 051 615 29 08; www.hotel-napoli.it. Turismo rural: www.turismoverde.it.


EN NÁPOLES
- Gran Hotel Vesubio (764 00 44). Via Partenope, 45. Frente a la bahía. Un hotel clásico en el que han dormido, entre otros, Guy de Maupassant y Oscar Wilde. En agosto, habitaciones dobles por 336 euros, tasas incluidas.

- Hotel Belvedere (578 81 69). Via Tito Angelini, 51. En el punto más alto de Nápoles, con vistas a la ciudad y la bahía. La doble, 120 euros, con desayuno incluido.

- Hotel La Fontane al Mare (764 38 11). Via Tommaseo, 14. Céntrico y económico. 60 euros la habitación doble.

- Hotel Europeo (551 72 54). Via Mezzocannone, 109. Modesto hotel en el centro histórico. La doble, 52 euros.

- Hotel Villa Capodimonte (45 90 00). Via Moiariello, 66. Sobre la colina de Capodimonte, inmerso en un tranquilo jardín con vistas al golfo. 107 euros.


EN CAPRI
- Hotel Loreley (837 14 40). Via Orlandi, 16. Anacapri. En agosto, 110 euros la doble.

- Il Mulino (838 20 84). Via Fabbrica, 9. Antigua hacienda de estilo mediterráneo entre Anacapri y la gruta Azul. Habitaciones dobles, entre 65 y 200 euros, dependiendo de la temporada.

- Villa Krupp (837 03 62). Via Matteotti, 12. Capri. En una mansión construida por el fabricante de armas alemán Alfred Friedrich Krupp junto a los jardines de Augusto. Desde 105 euros la doble.


EN RAVELLO
- Hotel Santa Lucia (85 36 36). Via Nazionale, 44. Minori. Hotel familiar completamente renovado. En agosto, 68 euros por persona y noche, con media pensión.

- Marmorata (87 77 77). En los acantilados de Ravello. Dobles, desde 113 euros.


Comer

EN NÁPOLES
- Brandi (416 928). Sant'Anna di Palazzo, 1. La pizzería donde se inventó la pizza margarita. Unos 30 euros.

- Taverna dell'Arte (552 75 58). Rampe San Giovanni Maggiore, 1. Taberna tradicional que ofrece menús caseros por unos 25 euros.

- Ciro a Santa Brigida (552 40 72). Via Santa Brigida, 73. Pescados y mariscos en el corazón de Nápoles. Entre 35 y 45 euros.


EN CAPRI Y RAVELLO
- La Cisterna (837 56 20). Via Serafina, 5. Capri. Pizzería en los aledaños de la plaza de Umberto I. Unos seis euros.

- Villa Maria (85 72 55). Via Santa Chiara, 2. Ravello. Unos 30 euros.

Información
- Turismo de Italia (915 59 97 50; www.enit.it).